sábado, 28 de marzo de 2015

La ley antitabaco

                                              
Hace varios días, mientras navegaba por la red en busca de diferentes opiniones acerca de la última ley antitabaco, me topé de bruces con un texto que me dejó, cuando menos, sorprendido.

El escritor, que cuestiona si la ley mencionada respeta adecuadamente la libertad de los fumadores, presenta una serie de argumentos que, al menos desde mi punto de vista, no sirven para defender su tesis, puesto que aparte de ser incoherentes, algunos de ellos se basan en datos erróneos.

Nada más comenzar la argumentación, el autor del texto afirma que defender las medidas del Gobierno porque protegen la salud de las personas no es una buena razón. De este modo, yo me pregunto: si producir un beneficio en la salud de los ciudadanos no es motivo suficiente para establecer una nueva ley, ¿qué lo es?

En las siguientes líneas el emisor hace uso de una analogía: al igual que fumar, ir en coche, escalar montañas o bucear también son actividades peligrosas, pero al ser libres, nosotros decidimos si las realizamos o no. Creo que esos ejemplos no son equiparables al tema tratado. En primer lugar, consumir tabaco solo causa efectos negativos, tanto a los consumidores como a aquellos que se ven obligados a vivir rodeados de humo. Además, no existe ningún método que prevenga a los no fumadores de ingerir las sustancias provenientes del humo ajeno. No obstante, en el caso de los coches, por ejemplo, predominan los beneficios, ya que siguiendo ciertas normas (respetar el límite de velocidad, conducir en condiciones apropiadas...) se pueden evitar los accidentes y de este modo eliminar los riesgos. Así pues, mientras que los vehículos nos facilitan la vida y pueden carecer de riesgos, el tabaco solamente produce consecuencias negativas, es decir, cualquiera puede prescindir de él sin que nada le ocurra.

El siguiente argumento se basa en los aspectos económicos del tabaquismo: el autor presenta un razonamiento realizado por aquellos que defienden la prohibición del tabaco en espacios cerrados, que habla sobre el hecho de que ellos, a pesar de no ser fumadores, tienen que pagar los tratamientos sanitarios a los afectados por la nicotina. Menciona que él tampoco acude a museos, pero igualmente tiene que pagar impuestos para mantenerlos. De nuevo, existe una gran diferencia entre los museos y el tabaco. Mientras que los primeros cumplen finalidades culturales y educativas, el segundo, como ya he mencionado anteriormente, posee únicamente pegas. Así pues, queda claro que pagar impuestos por algo que beneficia a la población, seamos o no aficionados a ello, está totalmente justificado, al contrario que contribuir al tratamiento de aquellos que conscientemente se perjudican a sí mismos.

Por otro lado, la relación que el emisor establece entre los gastos sanitarios producidos a causa del tabaco y el importe de los impuestos sobre el mismo es totalmente falsa. El autor afirma que los beneficios económicos obtenidos gracias a la venta de tabaco, es decir, la cantidad que recibe Hacienda a través de las tasas, es superior al gasto sanitario mencionado en las líneas anteriores, de manera que de algún modo ese gasto se compensa. No obstante, dicha información es falsa, pues varios medios como El Mundo afirman que el tabaquismo nos cuesta a los españoles 5.444 millones de euros al año, es decir, la cantidad que invierte el Estado en tratamientos contra enfermedades producidas por el tabaco es 5.444 euros mayor que los beneficios logrados mediante la venta del mismo.

En cuanto a la sugerencia del ahorro del Estado gracias a la muerte prematura de los fumadores, he admitir que a pesar de ser un argumento macabro el autor tiene razón al mencionarlo, siendo éste en mi opinión el único efecto positivo del consumo de tabaco dentro de locales públicos, pues ello aumentaría el porcentaje de afectados por el tabaquismo y consecuentemente la tasa de mortandad crecería, lo que se traduciría en una rebaja de gastos en pensiones por parte del Gobierno.

En el siguiente párrafo el autor, con la intención de inhabilitar el principal argumento a favor de la prohibición del tabaco en espacios públicos, es decir, la idea de proteger a los fumadores pasivos, afirma que "no hay pruebas concluyentes sobre el alcance del daño que produce el humo del tabaco disuelto en el aire. Parece que para provocar un efecto comparable al que puede sufrir un fumador activo, el pasivo debería vivir muchos años durante todo el día en una atmósfera extraordinariamente viciada". Estos datos, al igual que los anteriormente mencionados, no son reales. Según un informe publicado por la Junta de Andalucía, el 15% del humo de un cigarrillo es inhalado por el fumador y el 85% se queda en el aire. De este modo, no es necesario vivir muchos años como no fumadores para ser víctimas de los efectos del tabaco. Así pues, al contrario de lo que afirma el autor del texto en contra de la prohibición del tabaco en espacios públicos, sí se conocen datos concluyentes sobre los efectos del humo disuelto en el aire. En primer lugar, los fumadores pasivos corren un mayor riesgo de sufrir cáncer de pulmón. En segundo lugar, el humo del tabaco empeora la situación de las personas con problemas respiratorios y del corazón. Por último, otros efectos más inmediatos que padecen los fumadores pasivos son irritación ocular, de nariz y garganta, dolor de cabeza, mareos, náuseas, cansancio y falta de concentración. De este modo, queda inhabilitado el argumento sobre los efectos desconocidos para los fumadores pasivos. Además, el tabaco del aire no solo empeora la salud de aquellos que lo inhalan sino que en muchas ocasiones les produce la muerte, y muestra de ello es que en 2004 perdieron la vida 600.000 personas por causas atribuibles al humo ajeno, según afirma la OMS (Organización Mundial de la Salud).

Por otro lado, en contraste con lo dicho en los últimos párrafos del texto, una prohibición general en los establecimientos privados de ocio, bares y restaurantes, aunque sea contra la voluntad de su dueño, en mi parecer tiene  justificación. Es cierto que muchos propietarios cumplen la norma en contra de su voluntad, pero si se trata de salud, esa opinión es insignificante. Para que la ley antitabaco funcione, debe establecerse en todos los locales públicos, sin excepción. El motivo de ello, en mi opinión, es que nuestra libertad llega hasta el punto en el que comienza la del resto de las personas. Por ejemplo, si somos fumadores y nos encontramos en un espacio cerrado con otros individuos que no desean fumar, debemos respetar su decisión (libertad) y por lo tanto no fumar, ya que en dicho caso los estaríamos obligando a inhalar nuestro humo y consecuentemente privándolos de su libertad. 

Precisamente es por ese motivo que el autor del texto contra el que escribo se confunde al decir que la ley antitabaco es contraria a su libertad: con la prohibición establecida, los no fumadores son libres de no fumar y los fumadores, a su vez, poseen la libertad, o más bien el derecho, a fumar, siempre y cuando no viole el derecho de aquellos que no deseen inhalar humo. Así pues, podría decirse que se logra mantener un equilibrio entre ambos bandos. 

La prohibición de fumar en espacios cerrados abiertos al público es, por lo tanto, una norma que logra establecer una situación de respeto e igualdad, pudiendo unos (los fumadores) hacer aquello que gusten sin que ello afecte a los demás.

                                                                                                           
                                                                                                                Pablo Guillén Beaumont, 1º  I

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